Cómo lo hace… Care Santos

por Oct 25, 2019Cómo lo hacen los escritores0 Comentarios

Nació en Mataró en 1970. Es autora de trece novelas, seis libros de relatos, dos poemarios y un texto teatral. Entre sus títulos destacan Habitaciones cerradas, que fue adaptada por TVE en 2014, o Media vida (premio Nadal 2017). También ha escrito una extensa obra para jóvenes, entre la que destaca la trilogía formada por Mentira, Verdad y Miedo. Es colaboradora habitual de medios de comunicación. Su obra ha sido traducida a veintitrés idiomas.

 

 

 

“Siempre tuve claro que escribir era lo que quería hacer. Aunque también pensaba que nunca lo conseguiría”

 

 

¿Desde cuándo tuviste claro que querías ser escritor? 

 

Yo diría que la culpa fue de los románticos, sobre todo de los ingleses, y también de los escritores y escritoras victorianos. Esas fueron las primeras lecturas que elegí por mí misma, es decir, mi primer acto de auténtica libertad como lectora. Antes de los románticos, leía los libros que había en mi casa —que eran muchos— y le llevaba la contraria a mi padre, gran lector, sobre lo que había que leer. Él era de Generación del 98 y del 27, de Lorca, Ortega, Unamuno, Alberti… yo quería leer a Byron, a Shelley, a Collins, a las Bronte. Y lo hice, claro, en una biblioteca pública donde todo cambió. Me gustaban aquellos libros —que a menudo no entendía— pero, sobre todo, me gustaban las vidas exageradas de sus autores, sus dislates, sus tragedias… con ocho años yo quería ser Edgar Allan Poe, y aunque estaba lejos de conseguirlo, sabía que por escrito tal vez podía fingir que teníamos algo en común. Siempre tuve claro que escribir era lo que quería hacer. O por lo menos con la claridad con que pueden vislumbrarse los sueños. Porque lo que también tenía muy claro era que nunca lo conseguiría.

En la adolescencia, claro está, hubo un cambio importante. Dejé de soñar y empecé a hacer algo útil. Empecé una novela, comencé a publicar en revistas locales, creé un grupo de teatro, escribí tres obras y las estrené. Vamos, empecé a medir mis fuerzas como ser escribiente, y fueron en ese sentido años muy importantes, decisivos, que iban acompañados de un sentimiento trágico de la vida muy propio de mis años y también de la influencia romántica, que seguía ahí. Escribía por necesidad absoluta, imperiosa, porque tenía la sensación de que si no lo hacía me pondría enferma o algo peor. Y —lo más importante— porque sentía que tenía cosas que decir. Me sentía absolutamente Shakespeare. De hecho, me sentía mucho más escritora entonces que ahora.

 

¿Cómo eliges la idea para una novela? 

 

Le doy muchas vueltas a la primera idea, que suele acompañarme durante años. Surge no sé muy bien cómo, como un presentimiento, una intuición. Algo me importa, o me preocupa, o ambas cosas, y creo que es materia novelable. Pero antes de novelarlo necesito confirmarlo, y por eso emprendo largas fases de documentación alrededor de esa primera idea. Una novela, en mi experiencia, cobra forma poco a poco y es un lento proceso de búsqueda. A veces la búsqueda te muestra que la idea no merece la pena, y la abandonas. Por lo general, la búsqueda te lleva mucho más allá de lo que pensabas y a veces da como resultado no una novela, sino más. Yo he escrito novelas con asuntos que descarté mientras escribía otras, por ejemplo, y que en un primer momento deberían haber formado parte de ellas.

Hay que saber, sin embargo, que esta cuestión es la más difícil. Es muy difícil saber de dónde surgen las ideas, en qué momento nacieron, por qué esas y no otras. Y a la vez es la gran pregunta, tal vez la única importante. Pero no creo que ningún creador tenga una respuesta única y convincente sobre ello.

 

¿Cómo te llevas con la inspiración? 

 

Según el RAE la inspiración es el estímulo que anima a escribir. Es decir, las ganas. Para escribir hay que tener ganas. Si te falta el ánimo, es mejor abandonar. A mí nunca me ha faltado, ni siquiera en las épocas de más intensidad de escritura de una novela. Siempre tengo claro que escribir es lo que más me gusta del mundo. No necesito recordatorios. Cuando estoy de gira, o las veces que he ganado algún premio importante y he tenido que asumir una larga temporada de viajes lejos de mi mesa y mis papeles, lo único que he echado de menos es escribir. No me faltan los temas y tengo claro que no me dará tiempo de escribir ni una décima parte de lo que se me va ocurriendo, pero esa es parte de la gracia. Si la literatura fuera finita, sería mucho menos maravillosa. Ni como lectora ni como escritora viviré lo suficiente para terminar nada. O, a sensu contrario, mi vida como lectora y como autora estará siempre llena de cosas interesantes que hacer. Es una gran suerte.

 

¿Cómo te documentas para tus novelas? 

 

Comienzo siempre las novelas de la misma forma y en el mismo lugar: un despacho de la Biblioteca de Catalunya, rodeada de bibliografía. En algunos casos he sustituido la biblioteca por un archivo histórico, pero hasta hoy el grueso de mi documentación es analógica. Hay muchas cosas que no están en Internet y yo tengo la impresión de que son esas cosas las que me interesan a la hora de recopilar no solo la información sino la atmósfera, el tono, incluso los nombres de los personajes que necesito para una novela. Internet me sirve también, para detalles puntuales. Consulto Googlemaps (ay, ¡si Stevenson hubiera tenido esta herramienta a su disposición! Él que decía que había que escribir siempre con un mapa), busco todo tipo de detalles que necesito o consulto cómo se llaman las diferentes partes de una cerradura. En ese sentido, Internet ahorra muchas horas de búsqueda y debemos dar gracias a google todos los días, antes de comenzar la jornada, de haber nacido en esta época y no, por ejemplo, en la de nuestros admirados victorianos. Pero en todo lo demás yo creo en la vieja escuela. No escribo de lugares que no he pisado u olido y no me documento leyendo la Wikipedia.

 

¿Qué tipo de escritor eres, de los que escriben con brújula, es decir, sin rumbo fijo, o de los que escriben con mapa, diseñando la trama al milímetro? 

 

¡Sabía que esta pregunta llegaría! Procuro trazar la ruta antes de empezar, como cuando planifico un viaje (una novela debe ser siempre el viaje más apasionante) pero luego calculo algo de tiempo para perderme y algo de tiempo para explorar lo que encuentre por el camino. Es decir, también llevo la brújula. Suelo tener la historia planificada a grandes rasgos: el final siempre lo tengo decidido desde el comienzo y también los nudos más importantes del argumento, que sé dónde están y cómo debo llegar a ello. Me concedo el margen de exploración que va de nudo a nudo. Para eso necesito, siguiendo a Stevenson, la brújula.

En cuando a las herramientas, uso libretas Moleskine para las notas —siempre a mano— y hago fichas y esquemas de los personajes. Suelo elaborar esquemas cartesianos para saber cuándo nacieron mis protagonistas y qué edad tienen en cada momento de la acción. Y a veces, si el argumento lo requiere, elaboro también mapas detallados o árboles genealógicos. De ambas cosas tengo varios.

 

¿Cuántos borradores sueles hacer de tus novelas? 

 

Hago un borrador muy emborronado. Quiero decir: una primera escritura lo más rápida posible (que no suele ocuparme más de tres meses) y sobre ella comienzo a hacer cambios y modificaciones. No me gusta retroceder mientras escribo, y lo hago pocas veces. Voy confeccionando una lista con lo que hay que cambiar de lo ya escrito, y sigo adelante hasta el final. Hace mucho que lo hago así por una razón: siempre que escribo una novela pierdo la fe en ella a mitad del trabajo. De pronto, un día no me gusta en absoluto lo que tengo entre manos. He aprendido a continuar a pesar de eso —no es nada fácil— hasta el final. Así llego al final y, por lo menos, la novela existe. Será buena o será mala, pero por lo menos es.

 

¿Cual es tu rutina de escritura? 

 

Ya hace tiempo que escribo por la mañana, de 8 a 14 aproximadamente. Me impongo 5 páginas al día (llegaron a ser 8, pero eso ha ido cambiando, no sé por qué: o soy más vieja o soy más autoexigente o ambas cosas). No me permito levantarme sin haber terminado mis 5 páginas. Tengo comprobado que lo mejor sale siempre a primera hora. Y que si a las 12 no tengo buena parte del trabajo del día bien encarrilado (o hecho, directamente) ya me cuesta mucho reconducir la situación.

Mi mesa de trabajo es un puro caos y mientras estoy escribiendo no me gusta perder el tiempo en ordenarla. Lo hago al terminar cada novela, como un ritual: limpio a fondo mi mesa, la ordeno y a veces cambio cosas de sitio.

Manías: cada vez más. Escribo siempre con una pieza de Bach, las Suites para violoncelo solo. Elijo el intérprete, pero la pieza siempre es la misma. Hay algo en esa música que me configura la cabeza, no sé yo qué es. Me ayuda a aislarme del mundo y a crearme una burbuja adicional que me sirve para escribir.

Cierro el correo electrónico y no contesto al teléfono en las horas de escritura. Es decir, procuro no distraerme. Una novela requiere mucha concentración, no puedes escribirla a ratitos, ni en los instantes que nos dejan las urgencias. Por supuesto, tampoco atiendo las tareas domésticas ni interrumpo para estupideces, como poner una lavadora. Aunque sea muy prosaico, una de los grandes retos que tiene un escritor es aprender a trabajar en casa. Y trabajar en casa consiste en comportarse como si estuvieras en una oficina. Difícil aprendizaje, por cierto. Creo que a mí me costó varios años.

 

 

“Siempre planifico. Antes de empezar una novela, tengo decidido el final y los nudos más importantes del argumento. Aunque para ir de uno a otro exploro usando la brújula”

 

 

¿Cómo es tu rincón de escritura?

 

Tengo habitación propia, claro. Hay que ser en eso muy discípula de Virginia Woolf. La mía tiene puerta que puede cerrarse con llave, si me hace falta. Mi estudio es bastante grande. Tengo mis diccionarios, mis libros publicados y mis papeles (demasiados). También un diván por si quiero echarme un rato, buenas vistas y una mesa grande. Me gusta trabajar en una mesa contra la pared, y así lo hago. Es un rincón que casi parece un zulo. También me gusta escribir en cafeterías y en trenes, aunque raramente escribo novelas fuera de casa. En todo caso, planifico argumentos, diseño personajes. O también, a veces, escribo artículos, aforismos, poemas…

 

¿Escribes pensando en el mercado actual o lo haces solo para ti?

 

Escribo pensando en lo que me haría feliz leer. Inevitablemente está conectado con el mercado actual, pero sobre todo con mis propias pasiones. Creo que escribir pensando en el mercado no es sólo un modo de traicionarse, sino un modo de frustrarse: si al mercado no le gusta lo que has hecho y a ti tampoco, has perdido tontamente el tiempo. Y nada te garantiza que al mercado le guste algo (o todo lo contrario), por eso hay que escribir exclusivamente aquello en lo que crees. O, siendo más simples: aquello que leerías.

 

Durante el periodo de escritura, ¿enseñas tu trabajo a alguien o lo guardas como un secreto? Y una vez terminas la novela, ¿recurres a lectores cero que te den unas primeras valoraciones o prefieres que directamente sea tu editor quien te corrija?

 

Me viene bien dar a leer lo que estoy haciendo justo en ese momento en que una novela entra en crisis. Siempre ocurre: hacia la mitad de la escritura, más o menos, cuando ya llevas mucho bregando con tu historia y tus personajes, pierdes fuelle. Se te nubla el entendimiento, no sé. Es algo que me ocurre siempre y que creo que suele ocurrir a muchos novelistas. En ese momento, yo pido a mis lectores de confianza que lean lo que llevo escrito. No solo me infunden ánimos (que necesito) sino que me señalan el rumbo de la novela, lo que les interesa, lo que no, qué personajes son sus favoritos, qué trama despierta más su interés… y sus comentarios me sirven para saber de qué modo debo seguir y, sobre todo, que no debo abandonar.

Una vez termino la novela la corrijo obsesivamente. Cada vez me vuelvo más maniática con esto. Releo y releo y corrijo y recorrijo sobre lo ya corregido. Abandono las novelas cuando ya no puedo más o cuando me parece razonable, porque si no lo hiciera seguiría corrigiendo eternamente.

 

 

“Aunque suene prosaico, uno de los grandes retos que tiene el escritor es aprender a escribir en casa como si estuviese en una oficina, lo cual no es fácil. A mí me costó varios años”

 

 

¿Qué experiencia tuviste con la publicación de tu primera obra?

 

Publiqué demasiado pronto y sin demasiadas exigencias por mi parte. Me precipité, como un alto porcentaje de escritores. La tentación de convertirse en escritora era demasiado grande y no supe resistirme. Mi primer libro fue de relatos, muy de juventud, y lo publiqué porque un editor a quien había conocido hacía poco creyó en mí, no sé ni cómo. Fue demasiado fácil. Por lo menos, visto en perspectiva. De eso hace ya 25 años. Aquel libro cambió para mí muchas cosas pero en realidad no cambió nada. La editorial era pequeña, la distribución no salió bien, mi libro apenas llegó a ningún lector. Por supuesto, nunca me reportó ningún beneficio económico, pero, ¿quién escribe para ganar dinero a los 22, 23 años? Para mí era un sueño cumplido. Nunca había pensado lo que venía después. Con mi primer libro en la mano la pregunta más difícil fue «¿Y ahora qué?».

Por supuesto que pensé en abandonar, pero todo el que escribe sabe que no puedes dejar de escribir. Puedes dejar de buscar la aprobación ajena, o puedes renunciar a encontrar un editor, pero nunca dejarás de escribir. Yo me planteé renunciar a publicar un par de veces, después de dos desengaños. El primero fue un comentario muy negativo de un escritor a quien admiraba mucho. El segundo, un premio que no gané. Ninguno de los dos tenía mucha importancia, pero los escritores —y más los jóvenes— son seres vulnerables. Hoy sé que esos desengaños eran necesarios para hacerme la escritora y tal vez la persona que soy. Quiero decir, que no hay ningún editor esperando al autor en ciernes. Hay que hacerse un hueco. En eso consiste el mercado editorial. Y hay que estar preparado para ello.

 

Una vez que has publicado una novela, ¿vuelves la vista atrás deseando haberla escrito de otra manera o eres de los que se olvida del libro?

 

Sé lo que pasaría si releyera mis libros: querría reescribirlos. O tal vez tirarlos. Soy muy autocrítica conmigo misma y muy poco conformista. Por eso no me releo nunca. Es un modo de evitarme disgustos. Mientras creo que una novela es mejorable, la leo las veces que haga falta. Docenas. Pero una vez la doy por acabada, procuro no volver a abrirla nunca más.

 

¿Cómo te imaginas tu vida si no hubieras apostado por ser escritor?

 

Habría podido ejercer como abogada. Seguro que me hubiera gustado trabajar en derechos de autor. Me habría pasado la vida envidiando malsanamente a mis clientes escritores. O habría podido ser bibliotecaria. Creo que habría sido bastante feliz, porque las bibliotecas son mi hábitat y leer, una forma de vida muy apetecible. O habría podido ser editora. Una editora que odia a sus autores porque le gustaría ser como ellos. Tengo una suerte inmensa: soy lo que quería ser de mayor. En cualquier otra ocupación sería una persona desgraciada.

 

Y por último, lo que siempre pedimos a los entrevistados: ¿tu mejor consejo para los que empiezan a escribir, ese que es básico y sin el que, según tu opinión, no se puede ser escritor?

 

Mi mejor consejo para los que empiezan a escribir son varios: escribe y lee todos los días, cómprate un cuaderno y llévalo siempre contigo, úsalo para apuntar cualquier cosa que te llame la atención, ponte deberes diarios de escritura, no seas perezoso, no tengas prisa, no te desanimes. El más importante don que debe tener un novelista son dos: la constancia y la capacidad de trabajo. Sin trabajo y tesón no se pueden escribir novelas.